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LA PALABRA, CONTIGO

Job 4

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Reina Valera 1960 2 min de lectura

Entonces respondió Elifaz temanita, y dijo:

Si probáremos a hablarte, te será molesto; Pero ¿quién podrá detener las palabras?

He aquí, tú enseñabas a muchos, Y fortalecías las manos débiles;

Al que tropezaba enderezaban tus palabras, Y esforzabas las rodillas que decaían.

Mas ahora que el mal ha venido sobre ti, te desalientas; Y cuando ha llegado hasta ti, te turbas.

¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos?

Recapacita ahora; ¿qué inocente se ha perdido? Y ¿en dónde han sido destruidos los rectos?

Como yo he visto, los que aran iniquidad Y siembran injuria, la siegan.

Perecen por el aliento de Dios, Y por el soplo de su ira son consumidos.

Los rugidos del león, y los bramidos del rugiente, Y los dientes de los leoncillos son quebrantados.

El león viejo perece por falta de presa, Y los hijos de la leona se dispersan.

El asunto también me era a mí oculto; Mas mi oído ha percibido algo de ello.

En imaginaciones de visiones nocturnas, Cuando el sueño cae sobre los hombres,

Me sobrevino un espanto y un temblor, Que estremeció todos mis huesos;

Y al pasar un espíritu por delante de mí, Hizo que se erizara el pelo de mi cuerpo.

Paróse delante de mis ojos un fantasma, Cuyo rostro yo no conocí, Y quedo, oí que decía:

¿Será el hombre más justo que Dios? ¿Será el varón más limpio que el que lo hizo?

He aquí, en sus siervos no confía, Y notó necedad en sus ángeles;

¡Cuánto más en los que habitan en casas de barro, Cuyos cimientos están en el polvo, Y que serán quebrantados por la polilla!

De la mañana a la tarde son destruidos, Y se pierden para siempre, sin haber quien repare en ello.

Su hermosura, ¿no se pierde con ellos mismos? Y mueren sin haber adquirido sabiduría.

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