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LA PALABRA, CONTIGO

Salmos 144

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Reina Valera 1960 2 min de lectura

Salmo de David. Bendito sea Jehová, mi roca, Quien adiestra mis manos para la batalla, Y mis dedos para la guerra;

Misericordia mía y mi castillo, Fortaleza mía y mi libertador, Escudo mío, en quien he confiado; El que sujeta a mi pueblo debajo de mí.

Oh Jehová, ¿qué es el hombre, para que en él pienses, O el hijo de hombre, para que lo estimes?

El hombre es semejante a la vanidad; Sus días son como la sombra que pasa.

Oh Jehová, inclina tus cielos y desciende; Toca los montes, y humeen.

Despide relámpagos y disípalos, Envía tus saetas y túrbalos.

Envía tu mano desde lo alto; Redímeme, y sácame de las muchas aguas, De la mano de los hombres extraños,

Cuya boca habla vanidad, Y cuya diestra es diestra de mentira.

Oh Dios, a ti cantaré cántico nuevo; Con salterio, con decacordio cantaré a ti.

Tú, el que da victoria a los reyes, El que rescata de maligna espada a David su siervo.

Rescátame, y líbrame de la mano de los hombres extraños, Cuya boca habla vanidad, Y cuya diestra es diestra de mentira.

Sean nuestros hijos como plantas crecidas en su juventud, Nuestras hijas como esquinas labradas como las de un palacio;

Nuestros graneros llenos, provistos de toda suerte de grano; Nuestros ganados, que se multipliquen a millares y decenas de millares en nuestros campos;

Nuestros bueyes estén fuertes para el trabajo; No tengamos asalto, ni que hacer salida, Ni grito de alarma en nuestras plazas.

Bienaventurado el pueblo que tiene esto; Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es Jehová.

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